Un hombre deja su pueblo en busca de la vida grande. Lo que encuentra no es gente mala: es gente buena, convencida de su bondad, haciendo justo lo que condena en los demás. Veintiún espejos para reconocer —sin culpa, pero sin máscara— la hipocresía más difícil de ver: la propia.
Veintiún espejos, no un sermón. Cada uno retrata un gesto cotidiano que todos hemos hecho y rara vez admitimos.
Ilustrado. Cada espejo acompañado de una lámina en grabado sobre papel marfil.
Incómodo a propósito. No señala al de al lado; te devuelve la mirada.
Para leer y volver. Reflexiones breves que se quedan dando vueltas mucho después de cerrarlo.
No había libro que no supiera mejor, película que no arreglaría, negocio ajeno que no estuviera «obviamente mal llevado». Desde su silla lo veía todo con una claridad feroz: el error del otro era enorme, y él lo señalaba como quien hace un favor.
Nunca había escrito un libro. Ni rodado un minuto. Ni levantado nada que pudiera quebrarse. Su obra entera era demoler la de los demás —oficio cómodo, porque el que solo derriba jamás queda expuesto a que lo derriben.
Confundía el buen gusto con el talento, y el desprecio con la inteligencia. Es fácil tener las manos limpias cuando nunca las metiste en el barro.
Y alguno leerá esto afilando ya su reseña, listo para hacer pedazos el libro desde la misma silla cómoda de siempre —sin notar que acaba de mirarse en la página. Que de eso, justamente, iba.
Uno de veintiún espejos.
Creador de Símbolos 360. Escribe fábulas y libros en clave para quien busca algo más hondo: historias que se leen una vez y se recuerdan siempre. Iniciado en tradiciones antiguas, hoy las convierte en relatos para todos. Cree en dar sin hacer ruido; procura que cada obra sea, también, una manera de seguir dando.
Símbolos, historia oculta y misterios ancestrales, cada semana.
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